Inter, Madrid, Xerez y Depor. Cuatro de cuatro. Champions encarrilada y +5 en la Liga. Para aquellos que dudábamos, el Barça volvió a cumplir, volvio a dar la talla, no defraudó.
Esta última frase, para los de mi generación, suena a música celestial. Por increible. Quiero reivindicar a aquella parte de la afición culé a la que se acusa de pesimista, de perdedora, de no animar y solo criticar. Es fácil lanzar hoy esta acusación, embriagados por la marcha del equipo de Guardiola, con el recuerdo del Barça de Ronaldinho -aunque otros vieramos en la descomposición de aquel grupo el sino blaugrana- o, incluso, por la memoria selectiva tendente a glorificar todo lo que hizo Johan y el Dream Team.
Pero los que empezamos a seguir al Barça a mediados de la década de los 70 hemos estado muchos años acostumbrados a otra cosa. No puedo hablar de épocas anteriores por no haberlas conocido directamente. Pero sí del Barça que nace con el Cruyff jugador y de lo que vino después. Y, honestamente, solo puedo resumirlo como la historia de una decepción continua, de ilusiones frustradas, de triunfos menores, guiños del destino antes de sumirnos en largas depresiones. Hay que entender ese pasado para comprender muchas actitudes arraigadas en el barcelonismo.
Hagamos historia. La tradición dominical -lamentablemente perdida por mor de los intereses televisivos- del fútbol a las 5 en el Camp Nou, el de Johan y Michels, el del marcador simultáneo Dardo (que requería conocer la correspondencia entre los productos publicitados -Ferrys, Danone, Ocean, reloj Duward o Licor 43- y los partidos en juego), nos ilusionaba vanamente hasta que, al fin de semana siguiente, con el Carrusel Deportivo de fondo y sus musiquillas de Soberano, Anís del Mono o Reig, el equipo se escondía y acababa siendo derrotado -siempre por la mínima- en campos que sonaban remotos -y frecuentemente embarrados- en mi mente infantil. El Plantío, El Helmántico, Los Cármenes o Altabix enterraban ilusiones de muchos en un equipo con jugadores poco dados al esfuerzo (el propio Cruyff o los indolentes Rexach y Marcial).
Tras la Liga de 1973-74 se sucedió una década de decepciones, apenas paliadas por triunfos menores en los trofeos del KO (algunas Copas de la monarquía recién restaurada y un par de Recopas, en aquella época en que la Copa de Europa era coto privado de los merengues). El nuñismo alumbró un cambio de estilo (fichajes a golpe de talonario) pero no de resultados. Se fichó a lo mejor del fútbol nacional -Madrid al margen- y a extranjeros con caché creciente -del entrañable Simonsen o el goleador austriaco Krankl al dominante Schuster o el mítico Maradona-. Nada de ello sirvió para que el Barça rompiera su tradición perdedora, más allça de triunfos morales (?). Incluso equipos menores (Sporting, Real Sociedad o At. Bilbao) vivieron sus días de gloria mientras el Barça acumulaba accidentes y desgracias (accidente circulatorio de la esposa de Krankl en vísperas de la final de Basilea, secuestro de Quini cuando nos jugabamos la Liga, hepatitis de Maradona, tobillo del as argentino destrozado por Goikoetxea, traspaso de Diego al Napoli, rodilla de Schuster fracturada por el mismo quebrantahuesos bilbaino, Liga del Barça de Lattek tirada por la borda con 5 puntos de ventaja con solo 10 en juego...). ¿Como no ibamos a ser pesimistas? Era duro ir cada lunes a la escuela y tener que aguantar al madridista de turno mofarse de las inacabables penas de can Barça.
Pero como no hay mal que cien años dure, la temporada 1984-85, la de Venables y el “Urruti, t´estimo” nos trajo de nuevo el título liguero. Y al año siguiente, cuando se acariciaba la 1ª Copa de Europa, con la final en Sevilla, ante un rival de medio pelo (Steaua de Bucarest), el mazazo. ¿Que habiamos hecho los culés para merecer tanta desgracia? Alguna maldición bíblica, las siete plagas o algo peor nos castigaba. Era imposible un guión más cruel. Incapaces de marcar un gol en 120 minutos, incapaces de transformar un solo penalty. Nuestro sueño imposible se desvanecía. Muchos pensamos, lo reconozco, que jamás ganariamos una Copa de Europa...
Tras la descomposición que sufrió, en todos los sentidos, el barcelonismo, motín del Hesperia incluido, renacimos de nuestras cenizas y empezamos a ver la luz. Cruyff consiguió, con su verbo fácil y su dicción imposible, hacernos creer que el equipo que nos enamoraba con su juego vertiginoso pero a la vez virtuoso podía ganar los títulos antes imposibles. Tanto convenció que hasta en Madrid perdieron los nervios, despacharon entrenadores por jugar peor que el Barça -no se de qué me suena- y sufrieron dolorosas derrotas con los amigos para siempre de Tenerife de aliados culés. 4 Ligas y la 1ª Champions parecían confirmar el cambio de signo.
Pero una infausta final en Atenas (4-0 que nos endosó el Milan de Capello) y la locura narcisista de Cruyff, convencido de su infalibilidad, creyéndose capaz de ganar con fichajes sonrojantes (Escaich, Jose Mari, Korneiev) y el nepotismo (Jordi Cruyff, Angoy) por bandera, nos devolvió a nuestra cruda realidad. Enfrentamientos entre nuñistas y cruyffistas, entrenadores quemados (Robson) o rechazados por antipáticos (Van Gaal), episodios dolorosos (traidor Figo), presidentes grotescos (Gaspart), nuevas decepciones... hasta Laporta
Hay que reconocerle a Laporta el mérito del foc nou. Se inició la reconstrucción con Rikjaard, con Ronaldinho de icono, si, pero con un gran equipo detrás (Eto, Deco y la pujante cantera). Se reconquistó el Olimpo (2 Ligas y la 2ª Champions)... y se volvió a las andadas. Esta vez la autocomplacencia nos perdió. Y el destino volvió a ser cruel. Vimos a Tamudo ejercer de verdugo mientras el Madrid reconquistaba la Liga por la radio, vimos a nuestra estrella caer en una decadencia física y moral impensable... volvimos a nuestros origenes.
Hasta que llegó Pep. La sensación, hoy, es que Guardiola sigue anticipándose a los acontecimientos. Por su edad ha vivido, muchos de ellos como protagonista -en lo bueno y en lo malo-, los avatares antes esbozados. Conoce perfectamente el sentir de la gent blaugrana. Reconozco que lo que más me fascina de Pep es su facilidad para encontrar siempre el tono y el mensaje adecuados en cada declaración, en cada rueda de prensa. Cuando el culé duda, él insufla confianza. Cuando el culé sueña, él nos recuerda de donde venimos. Cuando nos deleitamos con la brillantez del juego, él ensalza el trabajo y la solidaridad del equipo. Cuando nos deprimimos por una de las escasísimas derrotas, él asegura que nos hará más fuertes.
Los partidos de los últimos 10 días eran la enésima prueba de fuego para el equipo de Guardiola. Muchos afilaban sus plumas para certificar la muerte del Barça, ansiosos de encumbrar al Madrid galáctico 2.0. Y, una vez más, el equipo de Pep, pese a sufrir lesiones en hombres clave -factor que en otra época hubiesemos alegado para justificar derrotas decisivas-, pese a la precariedad de la plantilla, ha sabido encontrar la vía, más o menos preciosista, siempre efectiva, para acumular cuatro victorias decisivas. Y seguir acumulando confianza. Y transmitiéndola al colectivo de culés patidors que han vivido tantas decepciones que, por puro masoquismo, imaginan las derrotas antes que las victorias.
Por ello, no tengo dudas que nos clasificaremos como líderes de grupo en la Champions y que en el derby metropolitano -qué poco cuesta hacer rabiar a los pericos- vengaremos la mezquina actuación del equipo de Pochettino del año pasado. Y antes de fin de año, el Barça de las 6 Copas...
martes, 8 de diciembre de 2009
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